Se dicen los poemas que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados, piden ser, piden ritmo, piden ley para aquello que sienten excesivo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria como el pan de cada día,como el aire que exigimos trece veces por minuto, para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
No es una poesía gota a gota pensada. No es un bello producto. No es un fruto perfecto. Es algo como el aire que todos respiramos y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado. Son lo más necesario: lo que no tiene nombre. Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

(Gabriel Celaya)
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Instrucciones de uso.

La plantilla de este blog, como creo que no sería seguramente necesario explicar, tiene dos columnas independientes. La de la Izquierda, más ancha, con entradas, textos e imagenes, propias. Y la de la derecha, más estrecha, asimismo independiente aunque textos e imágenes de una y otra puedan coincidir a la misma altura en la pantalla.
Por lo demás se use y ojalá se abuse en el mejor sentido. Se admiten todos los comentarios y críticas. Significará que los poemas, textos o imágenes habrán podido sugerir algo positivo al visitante o lector.
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JUSTO JORGE PADRÓN


Justo Jorge Padrón


Justo Jorge Padrón (nacido 1943 en Las Palmas de Gran Canaria) es un poeta, ensayista y traductor español y una figura importante de la generación poética del setenta.

Biografía.-

Después de concluir sus estudios en derecho, filosofía y letras en Universidad de Barcelona, regresa en 1967 a su su ciudad natal, donde ejerció la profesión de abogado durante siete años. En este período publicó sus primeros poemas en diversos suplementos literarios y entró en contacto con las nuevas promociones poéticas españolas. En 1968 fue incluido por José Agustín Goytisolo en su antología Nueva poesía española. En 1974 abandonó la abogacía para dedicarse por completo a la poesía. Dos años más tarde fue elegido por el Ministerio de Asuntos Exteriores y el Instituto de Cultura Hispánica para representar a la nueva poesía española en una gira a través de doce países de Hispanoamérica. No sería ésta la única ocasión en la que representara la nueva generación poética de su país. Así, en 1979 participó en el IV Congreso Mundial de Poetas celebrado en Corea del Sur y en el Primer Festival de Poesía Europea en Lovaina. Sus libros han sido traducidos a más de treinta idiomas, incluso sueco, inglés, macedonio, serbocroata, ruso, albanés y búlgaro. Él mismo es traductor, principalmente de autores escandinavos.

Ha merecido importantes premios nacionales e internacionales, entre los que se destacan: un Accésit al Premio Adonáis (1970), el Premio Internacional de la Academia Sueca (1972), el Premio Boscán (1973), el Premio Fastenrath de la Real Academia Española (1976), la Medalla de Oro de Bruselas (1981), la Medalla de Oro de la Cultura China (1983), el Premio Europa de Literatura (1986), el Premio Internacional de Literatura de Sofía (1988), el Premio Orfeo (1992), el Premio Canarias de Literatura (1997), el Premio Internacional de Trieste (1999) y el Premio de Poesía Senghor (2003). En 1977 recogió en Estocolmo el Premio Nobel de Literatura concedido al poeta Vicente Aleixandre, quien, por motivos de salud, no pudo asistir a la ceremonia. En los años noventa se postuló su candidatura para un sillón en la Real Academia Española, pero sin éxito.

Obra.-

Poesía
• Trazos de un paréntesis (1965)
• Escrito en el agua (1966)
• Los oscuros fuegos (1971)
• Mar de la noche (1973)
• Los círculos del infierno (1976)
• El abedul en llamas (1978)
• Otesnita (1979)
• La visita del mar (1984)
• Los dones de la tierra (1984)
• Antología poética, 1971-1988 (1988)
• Sólo muere la mano que te escribe (1989)
• Los rostros escuchados (1989)
• Resplandor del odio (1993)
• Manantial de las presencias (1994)
• Oasis de un cosmos (1994)
• Ascuas del nadir (1995)
• El fuego en el diamante. Sonetos (1995-1998)
• El bosque de Nemi (1995-1999)
• Rumor de la agonía (1996)
• Lumbre de hogar (1996-2000)
• Escalofrío (1999)
• Cien poemas de amor (2000)
• Memoria del fuego. Poesía completa, 1965-2000 (2000)
• Hespérida. Canto universal de las Islas Canarias (2005)
• Hespérida II. La gesta colombina (2008)
• El latido del mundo, Antología, (2010) Ediciones Vitruvio

Ensayo
• La nueva poesía sueca (1972)
• La poesía contemporánea noruega (1973)
• El modernismo en la poesía sueca (1973)
• Panorama de la narrativa islandesa contemporánea (1974)
• La poesía nórdica de la posguerra (1974)
• La poesía española desde la posguerra (1980)





Algo invisible fluye a nuestro lado

Acaso despedirse de la vida
sea contar las veces que nos quedan
por habitar las cálidas costumbres.
Quizá estas tibias cosas cotidianas
ofrezcan las imágenes de lo que un día fueron:
encuentros soberanos con la luz
o con ese misterio fugaz de la hermosura,
la voz de una mujer, aquel poema,
cierto instante encantado del crepúsculo,
cuando el aire se incendia en los balcones
y el valle como un cuento se duerme en sus palabras.
Algo queda latente en nuestros labios,
un gozo, una inquietud ante lo impronunciable,
y la brisa remonta la torre del jazmín
y susurra leyendas de amor y de nostalgia.
Algo invisible fluye a nuestro lado,
el delirio estelar, la música del cosmos
palpitando en su espera deslumbrada.


Desde el fondo del vino una mujer me invoca...

Desde el fondo del vino una mujer me invoca
con un riesgo sinuoso. Su cuerpo se ilumina
como exaltada llama empañada de invierno,
como enterrada lluvia rompiendo sus latidos,
deshaciéndose en música envolvente,
tan desolada y bella, hasta cegarme.

El oro fascinado de su risa
me lleva hasta el delirio de celebrar su cuerpo.
Con su hechizo me invade desde el aura
de su rosa sombría, que absorbe en su corola
el absoluto tiempo que viví.

Y así, preso y errante, en su inquieto perfume
tibiamente lejano, me destierra en el vino
bajo la maldición de su recuerdo.


El eros de la muerte

Crueldad, quiero tu lengua, tu inteligencia oculta
de perversión feroz y a la deriva,
contaminada en las maquinaciones
del placer que enmudece, despertando
la insidia y el peligro de tu experiencia única.

Qué enjambre de caricias en el nudo
con el que aún reclamas la posesión suprema.
Seguir, merodear de forma subrepticia
hasta ir descubriendo este delirio
atroz que se enardece por entrar y expandirse
en el fuego del daño y el desmayo.

Impaciente deseo tu cuerpo cenagoso,
maduro como el vicio que a sí mismo corrompe
con su olor a azahares ultrajados,
a estrellas que en el vino se disuelven.
En él presiento el odio que palpita
en su voltaje oscuro de noche y de marea,
por alcanzar la sangre, cuando el beso
insaciable la busca y la aniquila.

Ah, sombría violencia fascinada,
que encuentras tu destino en la tensión mortal
con que dos cuerpos duros se engastan, se penetran
hasta la raíz misma de sus limos,
allí donde la furia es la pasión
y el miedo de no ser el fulgor de la muerte.


El sueño de sus sueños

Soñaron con el único tesoro
que alguna vez podría deslumbrarles:
ser el uno en el otro enteramente,
tornarse indestructibles para el tiempo y el mundo.

Anhelaron forjarse con poderes telúricos,
mitad árbol y viento, mitad tierra y hoguera,
y el soplo de la vida navegó por su sangre,
surgiendo vigoroso de la luz
de sus cuatro pupilas hechizadas.

El sueño de sus sueños fue el haberse encontrado,
porque desde ese instante, solitario y raigal,
se hicieron alma y sombra de un amor indeleble.


En el amanecer te desvaneces...

En el amanecer te desvaneces.
Sólo queda tu sombra entre mis manos,
una presencia de aire, anhelo y sueño y risa
que disipa su incendio consumido.


Con desesperación busco tu cuerpo,
el fugaz testimonio, ese deleite
de toda tu fragancia derramada,
cautiva todavía por mi piel.

Relumbras por mis médulas como un latido unánime,
como una ciega música que habitara en mi oído,
con su calor, su vibración de fondo,
su presencia invisible en el silencio.

Cruzo de la pasión a la demencia
persiguiendo tu espectro, el espejismo
de una imagen que asciende por la escala nocturna,
llevándote desnuda entre sus brazos.


Hoy es tu corazón un tacto inútil

Con la certeza del que nada aguarda
abres sin prisa la cancela antigua
y escuchas los lentísimos
pasos, que no parecen tuyos,
en la escalera gris.
Ninguna voz te ofrece su calor,
andas a oscuras, nada
te lleva a tu rincón, ni tan sólo la música,
ni los viejos poetas, ni las gastadas cartas
de amor son esta noche
para ti compañía.
Pasan por el recuerdo los perdidos
nombres que en otro tiempo
honda fe dieron a tu juventud.
Llega el rumor del viento,
el tedioso vacío de tu vida,
y en él te reconoces,
porque amas al que fuiste
y percibes la ausencia
de tus mejores días.
Hoy es tu corazón un tacto inútil,
lo sabes y no puedes engañarte
y aún dejas que la impávida memoria
se lleve cuanto amaras,
cuanto perdiste en esta tierra estéril:
aquel hondo temor que acaso siempre
tuviste por la vida: tu fracaso.
Pero nada te importa ya, y contemplas
por la ventana el árbol más tenaz,
llenas tu vaso y piensas:
éste es tu patrimonio de hombre solo.


La sangre irrefenable

Avidez que descubro en mis pupilas
como fiera encerrada por un íntimo azar.
Atracción de aquel fuego, el espejismo
despliega sus arenas ante el mar del verano,
ante el vuelo de pájaros que anuncian
el diálogo furtivo de dos cuerpos.

Reino de la lascivia bajo palmas umbrosas,
ardiente brisa, música plena de los sentidos
empozada en el alma, respirada
con fruición por mis cinco salteadores dementes.
Cuántas luces se abrieron. Cuánto terso oleaje
en labios y caderas fugitivas.

Emergí de la espuma como un sol solitario.
Crucé dunas, oasis, olí sábanas tensas,
desperté los racimos más prietos y turgentes,
sentí las certidumbres que abrían estos dedos.
Allí la danza, abismo de dulzura,
y su vibrante vientre de atabal,
bebiéndose en desorden mi futuro
bajo el aire de un vértigo de estrellas.

Fui tirano y esclavo del gozo y el dolor,
de la dura nostalgia de los besos,
de la fugacidad depredadora
de cuanto vive y ama consumándose.
Desgarrado, escuché el pavor del capricho,
la impiedad que me niega o aquella en que amanezco.

Morí con convicción en tantas ocasiones
para resucitar con un vigor fragante,
y luego y luego y luego, después de tantos años,
sueño ante el mar rebelde del estío,
sueño en la juventud de un erguido deseo
y atiendo a la marea de las horas
viniendo y alejándose hacia el último páramo,
allá donde se apaga la sangre irrefrenable.


Resurrección

En mitad de la tarde soy un muerto cualquiera,
y el deseo una duna que se extiende
en su propio destierro, en su alberca sin ondas.
Por no querer saber no sueño ni el paisaje,
desoigo el territorio que disecciona el rayo
como si fuera el esqueleto en fuga
del espejismo, piedra que ancló bajo el silencio.

Todo cambia en la noche. Las estrellas resurgen
de poliedros fúlgidos. Son despiertos felinos
rasgando con vehemencia un sol que se hizo sombra.
La sed se pone en pie, con metáforas crece
en la alta arboladura del corazón profundo.
Aquí canta el enigma de los bosques,
el círculo que afiebra tu cuerpo con el mío:
esbelta pleamar de los sentidos plenos,
ebriedad y delirio de la resurrección.


Tu latido es el mío

Y luché contra el sueño y la fatiga,
contra la ira sin fin y el desarraigo.
Escudriñé, escarbé sin asomo de duda,
entre las débiles pavesas ciegas
de mi memoria por hallar un año,
un solitario día, apenas un instante
en que pude decir: jamás te amé;
mas no encontré resquicio para mentirme a solas,
para afirmar siquiera la negación más leve.
Tu latido es el mío. Allí donde comienza
ese deseo intenso al que nombramos vida,
allí, resplandeciendo en los días distintos,
en la ardiente espesura de mi asombro,
con el sí, con el no del abismo o la suerte,
silenciosa me esperas como el árbol de fuego
que sostiene esa fruta lustral de la esperanza.
Mi mirada te invoca en el presente,
en el rumbo indeciso de cualquier lejanía
de ese mar que me canta y me seduce
con los ojos vehementes del relámpago.
Eres sed del edén que no percibo
y, en los acordes hondos de tu voz,
perenne permaneces, con la música
aterida del alma y la audaz primavera,
en todas las palabras de la sangre.