Se dicen los poemas que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados, piden ser, piden ritmo, piden ley para aquello que sienten excesivo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria como el pan de cada día,como el aire que exigimos trece veces por minuto, para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
No es una poesía gota a gota pensada. No es un bello producto. No es un fruto perfecto. Es algo como el aire que todos respiramos y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado. Son lo más necesario: lo que no tiene nombre. Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

(Gabriel Celaya)
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Instrucciones de uso.

La plantilla de este blog, como creo que no sería seguramente necesario explicar, tiene dos columnas independientes. La de la Izquierda, más ancha, con entradas, textos e imagenes, propias. Y la de la derecha, más estrecha, asimismo independiente aunque textos e imágenes de una y otra puedan coincidir a la misma altura en la pantalla.
Por lo demás se use y ojalá se abuse en el mejor sentido. Se admiten todos los comentarios y críticas. Significará que los poemas, textos o imágenes habrán podido sugerir algo positivo al visitante o lector.
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domingo, 28 de julio de 2013


"Olympia"  Edouard Manet  1863
 
 Olympia
 
¡Amante, amante era el destino de la luz!
 (Vicente Aleixandre. Sombra del Paraíso)

He sabido tu nombre de hembra de carne y hueso
detrás de ese otro nombre de piedra blanca
que convoca a los dioses,  de urbe grandiosa y sacra
tornada en llamarada de luz pintada  al óleo.

Ayer  te contemplaba  en el almuerzo
sobre la hierba cálida y volvías tus ojos
con calma indiferente . Parece que estuvieras
siempre desnuda como una flor nacida
en la blanca primavera del mundo
solamente esperando la  sucesión de tus amantes
y la mano que cubre tu sexo último
reservase su gozo más glorioso
al  futuro susurro mineral de la noche.

Con ojos asombrados te descubre,
su contrapunto de oscura tez,  felina ocultamente
y te ha traído a ti, menguante luna despejada y traslúcida,
envueltas  en   papel   como en un oleaje
las flores en el agua que llegasen
hasta la arena blanca de tu piel como una playa.
 
Y he sabido tu nombre mademoiselle  Victorine,
la gargantilla negra  rodeando tu cuello,
la línea que separa la discreción serena
en la voz y los labios y la pasión desmedida
de tu piel, la convulsión del instinto y de la sangre,
del sexo desatado como un río, helado manantial
en el fragor silencioso de lo oscuro,
blanquísima tu piel sobre el blanco del lienzo,
sagrada meretriz, inmarcesible hembra,
isla casi infantil habituada al golpe de las olas,
símbolo taoísta, naciente sol, alma tan solo!
Solamente  la larga  travesía de una nave pretérita
naufragada de óxidos llegaría hasta ti sobre el océano
del tiempo ineluctable donde flotan los icebergs.
 
No me importa. Quien pudiera haber dicho:
“con ella hice el amor, la Olympia de Manet,
en su boudoir francés verdoso y pardo,
sobre el frío lejano de un continente blanco,
sobre su lecho blanco de remetidas sábanas,
sobre el mantón bordado de dorados flecos;
que recogí su orquídea y la puse otra vez
en su pelo castaño ya mitigado su jadeo y su éxtasis.
Que fue allí  tropical crepúsculo encendido
como una sombra de alas violeta,
como la soledad de una herida en el cielo,
como el dolor de su luz agonizante.

El tiempo es el amante que rechazas
y al que niegas tu sexo. Ya no puede  tocarlo
porque en su clara  hondura de gozo insuperable
late el misterio del arte y de la historia
que cantan para siempre la única pasión,
la fiebre de la especie, el sagrado placer  
de la  perfecta  unión entre los cuerpos.
¡Hembra blanca y desnuda  ofrecida por siempre
como única razón ante la muerte!

 

A.Piquer  28  Julio 3013

 

sábado, 13 de julio de 2013




"De dónde venimos? Quienes somos? A dónde vamos?" Paul Gauguin 1897.















A Paul Gauguin

 I.- De dónde venimos?

Venimos de la sombra del mar interminable,
de un tiempo inamovible que no existe,
de la eterna inconsciencia de la nada
hasta donde la vida empieza todavía sin nombre.

Venimos desde una patria que se llamaba infancia,
cuando en los ojos, que se abrían apenas,
la luz sembraba la brizna fugitiva del asombro
e iluminaba las islas de los mares remotos
donde siempre habitaron el sosiego y el éxtasis.

Y aunque los días pugnan incansables
por hacernos su presa todavía es el  tiempo
para nacer de nuevo como  niños sin rostro,
muy lejos de la absurda estulticia
de las sordas ciudades, en medio del océano,
donde el coral esconde un mar de transparencia
turquesa y absoluta, donde la luz
pronuncia un “Ia orana” y el aroma fragante
que exhala la floresta se llama “Noa Noa”.
Aha oe feii? (Estás celosa?) Óleo osobre lienzo  1892.

Allí, en el silencio de las noches del trópico
podremos  escuchar la dulce, murmuradora música,
el latido más hondo del pecho en armonía
con los hombres y el mar, la montaña y el bosque,
libres  al fin para poder cantar, crear, amar, morir.

II.- Quienes somos?

 Y Las islas revelan su piel feraz y oscura
esmeralda y agreste, como un inmenso canto
de horizonte  enigmático, como una fruta exótica
y prohibida que ofrece sin embargo,
simultáneo el sabor  amargo y dulce de la verdad.

Mahana no atua ha llegado, el día de los dioses;
ha traído el ensueño nave nave moe
del exquisito fruto que prohibieron
otros dioses mezquinos,  temerosos
del canto jubiloso  de la naturaleza
donde la piel se ofrece dorada y florecida
y en la fronda umbría  en la que nacen
oscuros manantiales,  las mujeres murmuran  su deseo, 
desnudas y excitantes en el palacio inmenso
que levanta la selva plena y originaria.  
Vairaumati tei oa. Su nombre es Vairaumati. Oleo sobre lienzo
Muy lejos aquel cristo enflaquecido
ante el que oraban con sus tocas blancas
al salir del sermón las mujeres bretonas,
y su mudez  perenne y amarilla.

Vairaumati aspira el humo de un cigarro
mientras extiende lenta a sus pies el pareo
azul oscuro y blanco. Su desnudez de bronce
espera al dios  Taaroa mientras se muestra espléndida.
Vaitauni va hacia el río, su cuerpo de oro
excita los  sentidos para el amor;
sus pechos son la fruta más hermosa y más tierna
y yo soy Taaroa, el dios que está esperando
para abrirle las puertas del mismo paraíso.
Mi vahiné  es sutil, es sabia porque es inocente.
Al fondo de sus ojos un enigma se esconde,
indescifrable y hondo como el tiempo.

Sus ojos me convocan con la palabra clara
del cálido deseo y sus muslos se abren
como un líquido magma al fondo del océano.
En el hondo silencio tropical y distante
escucharé la música de su oscuro latido
de sus dormidos ojos, del murmullo lejano
del manantial sagrado que transitan las almas
para ir hasta la playa donde rompen las olas
sus espumas más puras, ya libre, ya salvaje,
desnudo y solitario ante el mar y la muerte.


Me sonríe y me llama a su cuerpo
y la Tiaré florece humedecida por el dulce rocío
y se abre como una ola mansa
que descubre la arena en la marea baja,
como la suave flor de Fanatea;
y el tiempo se diluye en la hora del gozo
en la ternura cálida de un juego de caricias
que crece sin palabras y penetra despacio
en el silencio denso de su  noche más íntima.

Te arii vahine. La más bella. Óleo sobre lienzo 1896

Su risa me ha llevado hacia otros mares
más allá de los siglos por encima del tiempo,
en la leyenda bárbara en que habita,
porque su piel desnuda esplende en las  riberas
de los ríos ocultos; porque solo sus labios
son ahora mis dioses.  

Desnuda sobre el lecho, en mitad de la noche
cree que la vigila el alma de algún muerto.
Manao Tupapao. Pero los muertos duermen
y mi cuerpo entrañado en el suyo es el único fruto,
el gozo verdadero, la exclusiva belleza
que acaso permanece, fugaz, como una exigua llama
Manao Tupapao. El espíritu de los muertos vigila. oleo sobre lienzo. 1892
encendida un instante, como la flor de Ahuari
entre la fronda inmensa.

Y traza sin descanso sobre el lienzo
el sereno perfil  de su piel ocre y verde
mi pincel;  la proporción  gozosa de su cuerpo,
su torso y sus caderas de oro oscuro , sus labios anchos,
sus ojos marfil negro, el contorno violeta de la noche
que bordea su lecho, el rosa amanecer sobre la arena
y el azul insondable hondo y cobalto de las olas,
las flores cadmio y zinc de su pareo,
el bermellón intenso de la fruta del mango
el fucsia malva azul anaranjado del reflejo
cambiante en las riberas.  La pintura el  poema;    
los colores espléndidos del alma,  
prestos e  inacabables que brillan en los lienzos!


III.- A dónde vamos?
Los dioses son azules, oscuros y pétreos
Tikis inamovibles en sus enclaves  mágicos;
entre la fronda escrutan las aguas y la tierra
bajo la noche enlutada e inmóvil
y la niebla se cierne sobre el verde profundo
que ha cubierto la milenaria calma
del volcán. En su quietud pervive
todo este mundo extraño y primitivo.
Hina la diosa del amor con senos de mujer
e Hina, terrible,  la diosa de la muerte
eran la misma diosa.
La juventud deviene sin intervalo apenas
en una oscura anciana de agrisados cabellos
que ha cubierto su rostro entre las manos.

Un angel de alas blancas se me acerca,
tal vez aquel que disputaba con Jacob;
y precede a un anciano que aparece
con un reloj de arena entre las manos;
puede ser que este hombre envejecido
que simboliza el tiempo me lleve al infinito.

Pero cuando anochece un extraño silencio
ha invadido la isla, ni siquiera los gritos
de los pájaros turba su quietud absoluta
y las hojas que caen ya secas son el roce
Imperceptible del espíritu.
"Never More"  (Pau'ura acostada) Oleo sobre lienzo. 1897

En Atuona, Hiva Oa, en Las Marquesas
todo se ha oscurecido;  terminaron las danzas
y las dulces canciones se apagaron 
solo el viento  incansable zigzaguea  en las ramas
y la tormenta se adueña del océano.
Parece que las islas se hubiesen sumergido
en el espacio penetrado por la noche.

Entre los rojos árboles del mango y la papaya
se alza una cruz y un abismo en silencio
donde se lee un nombre.
En la playa hay jinetes que pasean despacio
pero un caballo blanco que bebe en la ribera
espera ser montado. Ua mate Koké, ua pete enata.       
Hoy ha muerto Gauguin, y ya estamos perdidos.

“Vosotras, leves brisas del Sur y del Sureste
que os juntais en el juego y las caricias
daos prisa  para correr unidas  a la vecina isla;
encontraréis allí a aquel que se ha marchado
sentado ya a la sombra de su árbol favorito.
Decidle que , sin duda, me habéis visto llorar”.


A. Piquer.  Julio 2013




jueves, 11 de julio de 2013


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Súplica a los poetas.

Habladme, sí, vosotros, que tuvisteis
el privilegio de la voz más honda,
de la palabra bronca, sincera y contundente,
de la palabra rota que llegaba hasta el alma
porque brotaba también de vuestra herida.
Dadme un verso, ángeles de la sombra,
humanos fieramente, aunque sea de calibre escaso
su munición futura; un verso seco
pero de estopa o yesca que prenda en un poema,
un lucero lejano, un destello fugaz
en la calma del mar desde la vista
de un cementerio costero en el crepúsculo.
No os exijo gran cosa; no llegaría nunca
a escribir una oda, ni acaso en la ceniza;
o pretencioso, a habitar allí donde el olvido
o jactarme de un peritaje en lunas.
Quisiera un solo surco de la estela
del barco de algún marino en tierra,
el ángulo minúsculo de una sombra
cerca del paraíso, la brizna de algún beso
tibio aún y otoñal, caído a tierra.
Será la humilde voz que yo os deba a vosotros.
Porque intento escarbar,  en esta tierra negra
que hiede ya en el fondo de la fosa
vacía que ahora soy, inútilmente;
en busca de la voz que alentaba hace tiempo
mi palabra salobre como un légamo
de lecho portuario; porque busco
un ápice siquiera del sonido del mundo.
Dadme la voz, cualquier breve palabra
que ya os sobre.  El verso más pequeño.
Porque mi pluma ya no sabe escribirlos,
y solo llena  el papel de manchas ilegibles
de tinta emborronada con sus lágrimas.

 
A. Piquer  9-10 Julio 13

jueves, 16 de mayo de 2013

Ariadna. (Dos poemas, quizá tres)


Hay una isla antigua en el vinoso ponto
que yergue cien ciudades, y en Cnossos
un inmenso palacio trazado de pasillos
y estancias intrincadas donde atávicos reyes
gobiernan sobre un reino milenario y marítimo.

Su reina Pasifae practica extraños ritos.
En sus manos exhibe venenosas dos víboras
que sisean en sus senos desnudos.
Ha pintado sus labios con un tono de sangre
futura mientras danza una danza de ira y de silencio.
Su frialdad insomne y su terca soberbia
impregnan de amargura el sueño de los suyos.
Sobre el cantil suplica a Poseidón el rey Minos  
el fin de este suplicio amargo , y le pide un presente
grandioso que ofrecerle en magno sacrificio.


Bajo Akrotiri tiembla otra vez la tierra,
los delfines se alejan en el azul profundo
y en Kamares los pulpos esconden
su viscoso temor entre las rocas;
Y brama el mar con un mugido extraño
y ancestral de animal que despierta.
Las olas han traído hasta la orilla
un toro blanco como la espuma
bellísimo, enervado y potente.
Un hacha doble yergue sobre la nívea testuz,
un astro enfebrecido, creciente y afilado
son sus dos astas de luna.
Enorme y seminal manifiesta magnífico
su género sobre la arena tostada de la playa.

Y un nuevo éxtasis de impensable lujuria
invade el sexo ajado de aquella reina oscura,
una fiebre voraz y depravada imagina
su cópula salvaje con la tremenda bestia.
Y le pide al artífice que le fabrique, cómplice,
un bovino disfraz de hembra encelada
que llame al blanco macho a penetrarla;
y el alargado bálano de la mítica bestia
siembra el vientre lascivo de un espantoso vástago.
Porque el dios del océano castiga
así la lúbrica locura de aquella triste reina
que ha manchado , sacrílega, su divino regalo.

En Cnossos hay un sótano laberíntico y lóbrego
donde dicen que habita un espantoso monstruo
que tiene cuerpo de hombre y cabeza de toro.
Pagan los enemigos de la lejana polis
el ominoso precio de una deuda de guerra
con jovenes humanos de uno y otro sexo
para que el monstruo astado
que engendró la lujuria de la viciosa reina
los devore en su antro tortuoso;

Pero entre los cautivos hay uno temerario                                                                                              
que se parece a un dios; viene porque ha jurado,
como si fuese un naufrago que emerge de lo oscuro,
la muerte de la bestia que alienta entre la sombra,
trae consigo la fuerza que acabe la ignominia
de este continuo crimen.

Ariadna de rojo, bellísima, lo sabe
y el fuego del amor se ha encendido en su pecho
y le regala el hilo de su amor y su vida
para que no se pierda en el antro complejo
de sus días errados donde acecha
el funesto animal de la tristeza.

Solo con el recuerdo de los amigos muertos
puede vencer el pánico al pisar aquel antro
de pasillos oscuros que doblan y se pierden
y doblan, que hiede pavoroso,
sembrado de podridas osamentas;
y el húmedo silencio de las piedras viejísimas
se rompe finalmente por un ronco bramido;
tiene un hilo en la mano y una túnica púrpura
 que confunde al animal terrible,
y en la alta cruz le hunde, matador, un  estoque,
hasta su corazón.

Ariadna de rojo, la más pura,
la bellísima hija de los reyes de Creta
de piel crepuscular y ojos de algas
sueña un amor lejano de océano y el beso
de un héroe extranjero que la lleva
hacia la faz oscura de las olas.

Sobre el mar una nave traza la larga estela
hasta otra playa nueva donde duerme
Ariadna un intrincado sueño y sueña, y sueña…
Y abre los ojos y ha encontrado su lecho desolado
y vacío y ha encontrado la playa desolada
y vacía donde ninguna nave fondea ya.

El barco de su héroe ha partido.
Le llama todavía hacia esa estela
que deja su traición sobre el océano,
le suplica que torne el timón de su barco
y que vuelva hasta el lecho abandonado.
Ya no tiene otro ovillo que le ate
y le traiga otra vez hasta ella;
su turbia lejanía ha anegado de olas
de sollozo su corazón humillado y vacío.

Un llanto inacabable oculta los recuerdos
que dormían tendidos en la arena
y se trenzan efímeros al hilo que prolonga
el alargado agravio de una borrada estela
sobre el vaivén sombrío de las olas.
Hay huellas olvidadas y caminos azules
del tiempo laberíntico que impasible recorre
la frontera entre su piel y el mar;
cercenados caminos en su frente y su pecho,
que anhelan el espacio encendido
de otros labios en los valles feraces de su cuerpo.

Ariadna de rojo, su falda de volantes
tiene el color de un asta que la ha herido
despiadada en el pecho
y un velo funeral es la noche cerrada
en la isla de Naxos en el lejano Egeo;
más allá de todo devastado  horizonte
huye el amor hacia otras orillas
y deja su paisaje cubierto ya del liquen
inerme y azulado del silencio.

Dicen que el mismo héroe que mató al minotauro
desesperado, mil veces la llamó antes de partir; 
dicen que un dios espléndido
la rescató piadoso desposándola;
Hay quien cree que ha muerto
por la envidia y los celos de una diosa.
Nada es cierto, el llanto desgarrado de Ariadna
se escucha aún en lo sombrío del océano.

Ariadna de negro, la más triste
hija de los reyes de Creta
de piel palidecida y ojos de lágrimas
llora un amor lejano en el océano…
y el regreso de aquel que ahora se adentra
entre la faz oscura de las olas.

En el silencio nocturno de la playa
donde susurra el mar sobre las conchas
lunares que fulgen en la arena,
siete estrellas de muerte sobrecogen
su palidez desnuda en la orilla desierta.
Ariadna se mata de tristeza infinita
mientras las olas acarician sus plantas
como si fuese un toro de piel blanca
surgido mansamente de la espuma;
sus lágrimas dejan sobre la arena un hilo
como la huella impresa
de la carena de una nave alargada
con una vela negra sobre el mástil,
un inicuo navío que no regresará
jamás del laberinto oscuro de las olas.


A. P.   Mayo 13

martes, 7 de mayo de 2013



Me traes aquel pedazo del corazón
que te llevaste un día
porque en mi sed de náufrago
rendí sobre la arena de la playa
mi agotamiento de pugna despiadada
contra la furia oscura del océano.
Yo no te di otra cosa que el deseo
del viento que empujase las velas
de mi nave. Tu convocas el canto
que alienta, derrotado ya el mar,
escondido en el fondo de la blanca
espiral de alguna caracola.

Vuelvo a darte las olas y su luz
y su horizonte azul e interminable,
el lugar donde yace el pecio de mi amor
plateado y dormido porque el único mundo
que conozco son ahora tus labios
y su beso de espuma.
Oh el beso blanco y gozoso de las olas!

(A.P. De "Memoria de Naufragios"  Legados-Netwriters 2012)

martes, 5 de marzo de 2013


Sibila.


Sentada sobre el trípode, sobre la alta tesis
en que acumula el bronce su memoria,
en la roja penumbra de silenciosa furia
de la noche, un velo entristecido de púrpura
ha cubierto tu semblante de sombra.
Cierras los ojos, sueñas un sueño extraño
y tus rasgos se afilan como quien ve el futuro
ya secos los sollozos del pasado.

Alrededor de ti, como dormida, cierne
su anillo enorme la serpiente del tiempo.
Son las grietas amargas de los días
las que emanan su enajenante hedor
de pequeña cotidiana tristeza,
su humareda, su pestilente efluvio
asfixiante de tedio y de rutina.

Porque asciendo de nuevo el abrupto camino
al pie de las Fedriadas y todavía sueño,
quizá ingenuo, la altura de un Parnaso
como si hubiera en él , una vez alcanzado,
alguna gloria. Pero te se real, presente,
ebrio tu entendimiento de un vapor dulce,
porque el amor es siempre el que nos nubla
la visión del tiempo venidero.

Y estás aquí, erguida en la penumbra
ardiente que rodea el ombligo del mundo
donde se cruza el vuelo finalmente
de dos aves nacidas en el tiempo lejano
de los dioses. Y en un árbol oscuro
se enrosca el alargado reptil que nos advierte
de la ácida consciencia de las cosas
y el fruto inmarcesible de la ciencia.

Déjame que me acerque , y que antes
purifique mi culpa en la Castalia,
déjame que deshaga la enrevesada trama
de las horas para llegar desnudo ante tu oráculo,
ante tu soledad serena de sibila callada
en las tardes amargas del otoño,
para escuchar la exégesis que dicte
a mi alma sacerdotal tu escondida palabra.

Cuando el temblor imperceptible de la piel
anuncie todavía la presencia
de un dios envejecido que canta ante la muerte,
y el pájaro de sombra que se posa
sobre el fulgor efímero del arte
y la promesa inútil de un porvenir perdido
no lleguen nunca más hasta tu templo.

Se apagará la lenta furia de la noche
y el velo entristecido que cubre tu mirada
caerá a tus pies y se abrirán tus ojos,
consciente ya, despierta en el presente,
estrechado este lazo que me ata a tu oráculo,
vencidos la amargura y el silencio,
cumplido ya el designio que ha fundido
desde siempre mi tiempo con tu tiempo.



miércoles, 23 de enero de 2013

Blade Runner


Una lechuza vuela en la penumbra roja
del extraño crepúsculo. Se hizo real aquella profecía
en que un futuro técnico marcaba la frontera
imprecisa entre lo verdadero y lo ficticio,
aquel siniestro augurio de la inmensa humareda
en un mundo destruido y radiactivo.
Y otro mundo azulado y oscuro ha surgido
del trueno desolado, extraño e intangible.
Y tal vez solo seamos réplicas de lo humano
conscientes del tiempo precario de la vida,
La irreparable pérdida de su término,
el sobrecogimiento, y también el asombro
ante su breve experiencia irrepetible.
Y hemos regresado presos ya de la angustia
ante la atroz certeza la muerte.

Tu eres Rachel, la hembra replicante,
la belleza suprema que llama al inconsciente
en el silencio de la luz naufragada
de estos días azules mientras sueña con ovejas
eléctricas. Puede ser que en tus sueños
hayas visto cosas que no creeríamos:
arder naves en llamas más allá de Orión
y rayos C brillando entre las sombras
de las puertas de Danhauser.

Yo soy Deckard, quien te sigue los pasos
para borrar tu ficticia memoria y formatear
de nuevo tus recuerdos.
Porque quizá no sabes que el amor nos redime
de nuestra esencia efímera, que en estos breves días
de cristales quebrados hay reflejos de luz
entre lo oscuro,   que es sonoro el silencio
y la violencia se ha tornado ternura.

Porque así habremos visto cosas que otros
no creerían: la pulsión suprema del la piel
con la piel, el sentido sacral de la belleza
de todo lo creado y el gozo de estar vivos.

Pero tal vez se pierdan todos esos momentos
y al fin tras el amor, la vida y el asombro
de lo eterno de todo el universo,
inmersos en el sueño inconsciente de la muerte,
solamente seremos viajeros del olvido
como lágrimas vertidas en la lluvia.

miércoles, 2 de enero de 2013

Es cierto, hoy no termina nada ni comienza nada tampoco. Hoy simplemente continúa todo.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Orangután.  
                                                                   ( A Diane Fossey, Jane Goodall y Biruté Galdikas)

Soy la bestia que habita, primitiva , en la jungla
intrincada y verdosa del tiempo transcurrido;
yo soy la ajada senectud anatómica
del animal en todo parecido a lo humano
en cuya mente tosca se alberga la tristeza,
el ser antropomorfo que no llega a ser hombre,
encanecido el pelo y el músculo caído,
el abdomen hinchado porque ninguna espuma
brota ya del erguido sueño tumultuoso  de juventud.

Solo soy la memoria del remoto pasado
que se extingue en la niebla de las islas australes
donde latió un destello de viva llamarada
rojiza y repentina minúscula en la fronda
del hoy ya  gris marchito de mi pelo.
Dame la mano, ven , requiero tu cuidado,
la atención protectora de tu discernimiento
inteligente . Ven conmigo a este habitat
de entristecidos simios, a mi bosque de noches
torrenciales y oscuras de soledad monzónica.
Retorna a tu pasado, desdeña un solo instante
el grado evolutivo de tu especie.
Te llevaré a mi tiempo de selvática infancia,
a un hogar escondido de lluvia y clorofila
en la naturaleza feliz y originaria del comienzo del orbe.

Porque es verde esmeralda el corazón del mundo,
porque tu piel humana, el tacto tierno y cálido
de tu pecho desnudo es la dicha futura
de un amor del espíritu superior y lejano
que aún no he comprendido. En su regazo blanco
con gozo indescriptible volveré a despertarme,
vencidas las fronteras que escinden las especies
cuando haya transcurrido la edad del universo.


A.P.  Dic 12




miércoles, 12 de diciembre de 2012

Alfredo Piquer

Madrid, 2012
ISBN: 978-84-938009-8-7
102 páginas, 14 x 21 cm.
Rústica con solapas
Colección Netwriters Poesía, 2

Comprar:   pedidos.legados@gmail.com
(Precio: 10 euros (IVA incluido)



Presentación:

Miércoles 19 de Diciembre .   19.30 h.
Asociación de Escritores y Artistas Españoles
c/  Leganitos 10   Madrid

Presentan:  Enrique Gracia Trinidad y Emilio Porta
Con la asistencia del autor

“Y tu estás sobre el agua con todo tu misterio, luminosa y reciente.
Milagro y medicina de mi cuerpo vencido”
(Diego Jesús Jimenez. Crepúsculo en las aguas del Jucar. De “Bajorrelieve”)













Regresas en la memoria blanca de las olas,
en su espuma de besos y en el gozo
salobre del océano; vuelves de un sueño
y brotas de la niebla violeta del crepúsculo,
del esplendor temprano de la cárdena noche
que augura inmensamente el silencio sagrado
de su canto estelar. Oh remisión, promesa,
soledad de la arena que levemente riza
el viento del desierto desolado,
lejanía diluida de pronto; tallado habita
en el sillar del tiempo el sagrado pronóstico,
la secreta inscripción que anuncia tu retorno.
Se que estarás aquí porque ahora somos
paulatino paraíso de mutua pertenencia,
progresiva simbiosis de sombra desvelada;
tu eres el moteado animal velocísimo
que palpita vigilante en la ausencia
como las almas desnudas de los muertos
que abandonan el mar donde subyacen
y vuelven a la tierra cuando gira el planeta,
como violetas y azules amapolas
susurrando su canto de invierno en las alturas,
gozoso hallazgo a pesar del tiempo desfasado,
mano blanca que siento cálida y encendida;
tu eres el animal bellísimo que adopta
mi orfandad y protege mi exilio.
Vienes sobre las olas y en el aire del mar
con el ardiente viento que levanta su arena,
con la cárdena noche que inmensamente augura
la única gloria oscura e infinita
del amor, su salvación absoluta y efímera.





domingo, 2 de diciembre de 2012

...Vendrán las amapolas como vienen
las almas de los besos, abandonando el mar
a brotar en la tierra de nuevo en primavera
susurrando su canto y su oleaje
de pradera y de viento
y sentiré ese otro tiempo efímero
y rojo de la pasión que brota renovada
para cantar la gloria de un paisaje
encendido de besos en silencio.

sábado, 24 de noviembre de 2012




Y porque aquellos días me arrastraban
con el acre sabor de su aventura
y seguí su dictado fúlgido y fascinante
de horizontes azules de mar y de pasado,
como una huida rauda de afilado navío
sobre el aire salobre de la noche oceánica.
Y el mar era el camino y el eco y la memoria
del ancestral poema y su eterno oleaje;
el mar y su silencio cenital, su tristeza
de tiempo fugitivo, su conciencia callada,
su inconfesada historia de naufragios.
El mar era el cobalto y el fragor y el sonido
de libertad y espuma besándome en la proa;
como un dios apiadado que redimía mis lágrimas
y era de jade y clara promesa de esmeralda
que ofrecía más allá de las sombras del mundo.
Desde entonces habito como exhausto
olvidado y desnudo sobre las largas playas
secretas y amansadas.
Y ha exigido un tributo a cambio de su beso,
un pago a su caricia que enjugaba las lágrimas
y a su palabra fría y azul, un tributo
de soledad perenne aferrada a mis días
fiel a su soledad de viejo mar absoluto y eterno .

(De "Memoria de Naufragios")

domingo, 28 de octubre de 2012

Un poema de mis 21 años.

Puedo contemplar

la evolución de los mundos oscuros
desde esta altura,
y ver lo eterno de las huellas
lo lejano de los rastros arcaicos;
Puedo contemplar
el brotar de las eras
y la agonía diluvial
de los ciclos y los soles caóticos,
y las estelas verdes de las lejanas luces
y el imperceptible girar de las galaxias.
Puedo surcar de mis estelas blancas
los eternos, constelados abismos
y buscar los rastros
de las bandadas migratorias
de pájaros olvidados.

...Y horadar los espacios curvos
recorrer los mundos metálicos
y descender al séptimo infierno,
a lo más profundo
de la pirámide cósmica,
a lo mas profundo...
...desde el séptimo piso
del zigurat de Babilonia.

Puedo contar los siglos
y atravesar veloz,
alado, en mis lumínicos navíos
sus intersticios,
buscar los núcleos
y enterrar las ruinas
y soplar con los vientos
en las remotas islas,
hollar los antiguos arrecifes
y transgredir los mares
y otear en las playas
lo crepuscular del ocre de la arena
del azul de prusia
de la nebulosa de Centauro,
lo malva de los troncos fósiles,
lo rubio azul de los soles perdidos,
lo redondo caliente blando
de los rincones ocultos.

Y sentir este transparente silencio
y hundirme en el color brillante
de la cara oculta de la mente.

Puedo contemplar
la evolución de los mundos oscuros
y el florecer de algodones galácticos
en las graveras estelares
y ver lo eterno de las huellas
lo lejano de los rastros arcaicos
lo apagado de la tarde azul
que se mece lentamente ...

...Y trepar a los cúmulos
y alcanzar a los cirros
en su desvahida fuga universal,
en el silencio frío
de las altísimas regiones siderales.

Todo lo puedo hacer
desde esta altura de arcilla,
peregrino del cosmos,
asceta de bronce,
los pies descalzos en la arena húmeda..

... Desde el séptimo piso
del zigurat de Babilonia.

1972






sábado, 27 de octubre de 2012

























(A T. Mann, G. Mahler y L. Visconti)

Soy él, como un fantasma, fallido
el corazón entre la arena. Tiempo
de la desolación, agobio del espacio vacío
como un sueño de prolongado espanto
dando paso taimado a las ausencias,
al silencio transido de lo oscuro.
¡La peste! La peste proyectando en el espacio
de un Adriático interno y oriental
su frialdad veraz, sobrecogida,
impregnando las piedras desoladas.
La peste como el tiempo; como la veta negra
de una ciudad de mármol acunada en estacas,
sobre un lecho de barro; marea de silencio
de la plaza inundada, de la invernal basílica;
arrullo de laguna invadiendo el espacio
inexorablemente sumergido;
como el frío de un estación perenne
irreversible y última; la peste como el llanto
donde el tiempo se ensaña en el fulgor
efímero del arte, en el lado espantado
de las piedras, en el espacio absurdo
que sucede a las lápidas.

Soy él, y soy yo mismo, invadido de lodos
y de légamos, muy lejos de la helada basílica,
de la ciudad de mármol; sobre el lecho real
en el que estoy tendido, donde constato
la misma soledad, el mismo llanto,
la misma frialdad espantada en las piedras,
el mismo tiempo absurdo e inundado,
la misma cercanía de las lápidas.



Tu nombre

Tu nombre en cada lágrima,
tu nombre la amargura vacía y repentina
sobrevenida y ácida que me anega
y me muerde , desde dentro, del llanto
que vierto como un círculo callado ,
inconfesable.

Los días soslayados que humedecen
las páginas que hemos dejado en blanco,
como círculos de agua, como anillos de plata
desfasados y ocultos.

Tu nombre en cada gota que borra las palabras
diluido de golpe, robado, detenido.
Tu nombre el llanto súbito que enjugo
y que reprimo y brota aún más sincero
más adulto y amargo.

Perdido como un sueño, como una helada
ráfaga que barre de improviso
todo lo que he creído, la apariencia difusa
de todo lo que has dicho, el recuerdo impreciso
de todo lo que hicimos.

Tu nombre en cada lágrima más agria y derrotada
donde huyo burlado, destruido y perplejo.
Tu nombre silenciado porque no lo pronuncio
ni estás para nombrarte. Los días desabridos
que siguen a tu ausencia, el corazón inerte,
vencido, aniquilado.

Mi voz que capitula porque el primer poema
desolado y acérrimo que me inspira tu nombre
será también el último.